domingo, 1 de septiembre de 2013

Cenizate tiene su mujer de Hierro: LINDA BAKER - VIDEO

                                                          
                                 Cenizate tiene su Mujer de Hierro:  LINDA BAKER - VIDEO

Hace un tiempo escribí un articulito para homenajear a Ángeles Villa Garzón, o La Mujer de Hierro, como fue conocida en su periplo como mujer forzuda por diversas plazas de España.
Ahora les traigo un video que encontré por la red.
 
video

viernes, 1 de marzo de 2013

Canciones infantiles - Reversionando - Margarita tiene un gato

UNA, DOS, TRES Y CUATRO, MARGARITA TIENE UN GATO








La lírica popular infantil, por suerte, sigue bastante viva en las aulas pero aún más en la memoria de las madres y abuelas que cantan soniquetes y chascarrillos a sus hijos y nietos.
 Las residencias geriátricas son bibliotecas abiertas al que quiera aprender, aunque rara vez nos interesamos por lo que nuestros mayores nos quieren contar. No es una información fácil de conseguir, no está en la web ni en un blog, no hay una abuelipedia, sencillamente tenemos que hablar con ellos y ellas, pasar unas cuantas tardes y escuchar pacientemente, revividos y reformados, los retratos de toda una vida. Llegar a a ver cómo se desnuda la persona hasta que realiza la regresión a su infancia.
Cuando tenemos la opotunidad de recorrer este camino, podemos reconocer toda esa cultura popular y esa cantidad de estratagemas y sortilegios de la lengua que se han quedado a través de los tiempos. Fórmulas de alquimia.

Entre ellas estan las canciones infantiles, y entre todas la conocidas y las que nos falta conocer, aparecen las modificaciones, que a mí me resultan fantásticas, divertidas, esperpénticas y surrealistas.

Don Emilio Jiménez fue gurú de esto de reversionar letras y canciones populares (fueran o no de autor, pero sí populares por su populariad del momento), pero el verdadero gurú de esto es el pueblo, con su día a día y sus ocurrencias.

Comienzo ya con estas coplillas y cancioncillas que van llegandoa mis oídos.

" Una dos, tres y cuatro, Margarita tiene un gato"

Esta cancioncilla intantil, que se usa para iniciar el conteo de los cuatro primeros números, dice así en la versión que más se canta en las escuelas:

Una, dos, tres y cuatro
Margarita tiene un gato,
con los ojos de cristal
que parece un animal.

Uno de mis alumnos de 4 años, Asier, me cantó otra mucho más divertida que le enseñó su madre:

"Una, dos, tres y cuatro, Margarita tiene un gato"

Una, dos, tres y cuatro,
Margarita tiene un gato,
lo peina, lo lava,
lo manda a por tabaco,
le da de merendar,
chicha y pan,
chicha y pan
a la cama sin cenar.

(Seguramente lo del tabaco se suprimió por políticamente incorrecto, pero hay que ver la cantidad de cosas que se pierden de una versión a la otra)

lunes, 25 de febrero de 2013

Fandangos de Emilio el Moro - Vaya Perlita

Os dejo aquí esta perlita de fandango con Emilio el Moro, al toque y al cante, por la que damos las gracias a Andrés Martín Carrillo.
Poco a poco van apareciendo más vídeos de don Emilio Jimenez, al que homenajeamos desde esta página. Un grande que debe estar presente en  nuestra cultura musical y popular.



domingo, 6 de enero de 2013

Los Mayos Odinistas - La profecía Maya



 
Los MAYAS o  ¿Los Mayos?

¿La profecía maya? Creo que nos estamos liando…¿los Mayas? Centrémonos. Si los es un artículo masculino plural, no es común que el sustantivo al que precede sea femenino, y es por lo que digo yo que si no serán las mayas o los mayos.
Eso me cuadra más, los mayos, esos cantes y coplas que se dedican a la madre naturaleza, a las mozas del lugar para poder emparejarse (aunque luego los siglos de cristianismo los hayan camuflado con alabanzas y piropos a la virgen) o a la autoridad competente si se encuentra presente, y que tienen lugar la noche del 30 de abril. Por si alguien quiere tomarse esto de la profecía maya de otra manera, se hace saber que en la localidad de Navas de Jorquera se cantan unos peculiares mayos de invierno que algo o mucho tienen que ver con esa profecía que se empandemia por las redes. En Navas de Jorquera tienen su sede, a nivel nacional, los seguidores del culto a Odín, o los odinistas como los llaman en el pueblo. Ahí va su tradicional mayo que cantan en el paraje de los Humeros.


                                 


“MAYO ODINISTA DE NAVAS DE JORQUERA” (ALBACETE) -  Mayo con jota.

Ya estamos a veinte
De diciembre cumplido,
Mañana entra Loki
Con mallas vestido.

Bienvenido Loki,
Bienvenido seas,
Quemando Manhatan,
Tokio y Madrigueras.

Prepara el Valhalla
Y una buena cena
Que estamos llegando
Con hambre de hiena.

Thor en el chapista
Tiene su martillo,
Se la sale el mango
Igual que a un cepillo.

Odín a la puerta
saca la mistela,
Nosotros venimos
A pedir licencia.

Danos la licencia
Pa cantar el mayo,
Aunque sea diciembre
No nos lances rayos.

Con  cuerno de vino
Está colorado
Y es señal ,valquirias,
Que licencia a dado.

Ya nos despedimos
Hasta otro año
Que otro Ragnarok
No nos hará daño.
      (Jota)
Si el mayo no ha sido a gusto
Castíganos con Gungnir
Y si la lanza no tienes
Envía a la Guardia Civil.


 Este artículo se públicó el día 20 de diciembre de 2012 (antes del Ragnarok) en el blog El Juego del Muerto de Juan García Rodenas, a petición del mismo, ya que no daba tiempo a publicarlo en el Fanzine "La Gallina" pues ya estaba impreso. Aún así, se imprimió para ser cantado en la noche del Reto 2012.
                    http://eljuegodelmuerto.blogspot.com.es/2012/12/la-profecia-de-los-mayos.html



HIENDELAENCINA, CIUDAD DE GUSANOS








Hiendelaencina, ciudad de los gusanos.




Estoy atrapado en un pozo bajo las últimas luces del atardecer.  Sobre mí, a más de treinta metros, hay una rejilla de hierro hasta la que he conseguido ascender en tres ocasiones pero que no he podido abrir, ni siquiera mover, en ninguno de mis intentos. Creo que no tengo fuerzas para iniciar otro ascenso. La última caída me ha destrozado un tobillo y tengo los dedos desangrados. Hace horas que deambulo desorientado por las galerías de esta antigua excavación minera, huyendo del ruido de mis propios pasos o de otros que no son los míos y que resuenan como un chasquido gelatinoso, dado el estado de nerviosismo en que me encuentro no puedo asegurar nada, además, este rumor constante dentro de mi cabeza, como de gusanos a la hora de la cena, no me deja pensar con claridad. Gusanos. Supongo que alguien llegará aquí algún día y encontrará el cuaderno de notas que perdí junto con mi mochila, donde se explica detalladamente toda mi investigación sobre las minas de Hiendelaencina, pero por si esto no sucediera, voy a dedicar mis últimos momentos de cordura para intentar plasmar en estas hojas, que guardo en mi forro polar, el relato de la espiral que me ha llevado a esta ciudad de anélidos.

Mi nombre es Andrew Gustavson, soy ingeniero de minas. En febrero de 1994 la empresa de explotación minera alemana Heidelberg A.D.S. se puso en contacto conmigo con la intención de extraer el mineral de las famosas minas de plata de Hiendelaencina, cuyo filón subterráneo podría ser el más productivo de toda Europa. Mi misión era la de elaborar un proyecto en el cual se estableciera el coste de la extracción del metal una vez dinamitado y tunelado el terreno. 

El catorce de marzo, de este año 1994, me presenté en Hiendelaencina con todo mi equipo cargado en la furgoneta, al día siguiente me esperaban los dueños de la antigua mina de Santa Catalina, abandonada desde principios de siglo, para mostrarme las instalaciones derruidas y el terreno en el que se encontraba el filón de plata a más de seiscientos metros de profundidad.

Mi primer paseo por las calles de Hiendelaencina, bajo un viento frío de cuchillo carnicero, hizo que me sintiese atrapado en un vacío de soledad. Las calles parecían el escenario de un western crepuscular; grandes avenidas simétricas, caserones coloniales de ancho sillar, pequeños ventanales enmarcados en piedra, tejados de pizarra, fachadas de un blanco grisáceo, mujeres ocultas tras las ventanas y un lugareño de rostro agrietado, con un palillo en la boca, que me dio los buenos días. Hiendelaencina llegó a tener 5.000 habitantes en el último cuarto del siglo XIX cuando se inició la extracción de la plata del Filón Rico (más de tres kilómetros de filón), ahora su población no pasa de 150.

Al día siguiente, bien de mañana,  los propietarios me acompañaron para que conociese las distintas minas; La Salvadora, Mala Noche, La Suerte, La Fuerza, San José, La Verdad de los Artistas, Santa Catalina y un largo etcétera de nombres diluidos en el pasado. También pude ver los pozos sellados, campamentos mineros, construcciones para decantación, hornos de ladrillo, todo en estado de abandono. Después de un copioso almuerzo bajo los robles que embellecían el paisaje me despedí de ellos y así comencé a preparar mi equipo de medición de barrido para la posterior utilización de un penetrómetro hidraúlico. Cuando tuve todo a punto me adentré en una de las casetas de acceso al interior de la mina de Santa Catalina.


Un largo pasadizo inclinado derivaba en el laberinto de galerías excavadas a pico y pala. La imagen  me extremeció, no pude remediar dejarme llevar por el pensamiento de cuanta gente habría dejado allí sus vidas para el enriquecimiento de otros, esos mismos otros que ahora me habían contratado para servirles la riqueza en bandeja de plata. Tras una primera inspección por las galerías regresé a la superficie por unas escaleras talladas en piedra que me llevaban a un portón de salida, del que tuve que retirar unas gruesas vigas de madera para poder salir afuera.

Terminé la tarde inspeccionando uno de los pozos sellados que agujereaban el paisaje. Tras picar la capa de cemento que cubría la rejilla conseguí adentrarme en él con mi linterna frontal dejando mis manos libres.

Descendí por una escalera de hierros incrustados en la pared de piedra y comencé a caminar por uno de los últimos túneles que arrancaban del hueco principal. Al poco tiempo de andar me di cuenta de que las ramificaciones comenzaban a crecer sin ningún tipo de orden y que corría el riesgo de perderme si no preparaba un sistema de cuerdas que me permitiese volver al punto de partida, así que decidí volver hacia atrás y retornar al exterior. De regreso me fijé en una puerta de hierro que antes había pasado por alto. Estaba cerrada con una fuerte barra de acero y un viejo candado. Pensé que no sería difícil forzarlo pero no podía detenerme, pues comenzaba a anochecer y aún tenía que andar un buen trecho hasta llegar a la furgoneta.



Llegué a casa ya bien entrada la noche. Mientras se terminaban de cocer las lentejas con chorizo y morcilla me puse a leer algunos libros sobre las minas. Al parecer un agrimensor navarro, Pedro Esteban Gorriz, fue quien dio con el filón del Canto Blanco en 1844. Se formó una sociedad de inversores para la explotación, entre los cuales se encontraba gente de diversa índole: administradores de fincas, empresarios y hasta un catedrático de química de París, pero  el personaje que más me llamó la atención fue Eugenio Pardo y Andán, que en aquel momento era sacristán en Bujarrabal y archivero de la catedral de Sigüenza.  Las minas funcionaron durante más de medio siglo hasta que sus últimos propietarios, Bontoux y Rotschild, las cerraron en 1926. Tras leer un par de escritos más, referentes a la producción de la explotación durante todo ese tiempo, terminé leyendo unos artículos publicados en periódicos de Guadalajara sobre las revueltas mineras de la época provocadas por las condiciones laborales y la gran cantidad de muertos en las minas. Esa noche me fui a dormir  bastante tarde, pero mis sueños me devolvieron a las minas, a sus túneles y pasadizos y a aquella puerta de hierro que tanto me había llamado la atención.

Al día siguiente me fui al ayuntamiento para llamar a mis jefes. Cuál fue mi sorpresa cuando me comunicaron que la operación estaba paralizada, que esperase allí unos días pero que no llegaban a un acuerdo con los propietarios del terreno ni con el ayuntamiento. Esta noticia me cayó como jarro de agua fría, tenía muchas esperanzas depositadas en este trabajo. Esa misma mañana volví a la mina. Cargado con un buen rollo de cuerda y una palanca bajé por el pozo que la tarde anterior había abierto. Rápidamente encontré la puerta y en un momento logré forzar el candado. Bajo la luz de mi linterna pude ver una angosta habitación, con un escritorio carcomido, diversos archivadores adosados a la pared y un armario con una vitrina de cristal.
Pasé un tiempo revisando carpetas con listados de trabajadores, materiales, presupuestos, estudios de profundidad y espesores, calidad de la plata extraída, permisos de explotación…poco o nada que sirviese para mi trabajo si es que llegaba a realizarlo algún día. Me fijé en una gruesa carpeta de cuero labrada con las letras E.P.A. Contenía manuscritos muy antiguos y varios bocetos de algo que parecían torres. Por mera curiosidad y escasez de escrúpulos de acopio de lo ajeno la cargué conmigo para llevármela a casa y dedicarle un tiempo mientras permanecía en el pueblo hasta nueva orden. De regreso a la superficie entré en un par de galerías más del primer nivel, tan irregulares como las que antes había visto. En mi camino fui dejando una guía de cuerda para facilitar mi próxima incursión hasta que salí a la boca del pozo. Volví a casa, era ya hora de comer.


Después de una comida frugal, la inquietud por el contenido de aquella carpeta me superaba, me tumbé a revisar los documentos que había traído. Como era de suponer las iniciales de la carpeta correspondían al nombre de Eugenio Pardo y Andán. Imaginad mi sorpresa cuando  vi que no eran otra cosa que manuscritos escritos en latín por un maestro constructor del s.XII. Mis conocimientos de latín me permitieron leerlos sin ninguna traba. Según estos manuscritos a principios del s.XII el Maestro Bohar llegó desde Francia a Atienza para edificar la Iglesia de San Bartolomé, sus conocimientos sobre la construcción habían sido aprovechados por distintas órdenes monásticas del sur de Francia. Decidió levantar la Iglesia de San Bartolomé, como había sucedido con muchas otras, sobre un círculo solar de culto tribal. Esta tribu  invocaba a un dios-gusano, Boor-Nhogbalchsh, y fue totalmente aniquilada por un grupo de mercenarios arévacos contratados por los romanos. Aunque celebraban sus ritos en este lugar, tenían ubicado su asentamiento cerca del río Bornova, en lo que ahora vendría a ser el pueblo de Hiendelaencina y sus alrededores.

La lectura de los manuscritos me llevó casi toda la semana. Comencé a escribir en un cuaderno todo lo que iba descubriendo sobre este extraño misterio. Esperando una respuesta de mis jefes pasé el tiempo entre mis lecturas y pequeñas incursiones a las minas. En todo este tiempo no conseguí conciliar el sueño. Terribles pesadillas me convertían en el propio Bohar perdido por los túneles y perseguido por sus extraños habitantes para entregarme en un ritual al dios-gusano.

Una mañana me acerqué por el archivo local para informarme mejor del final de la explotación minera a principios de siglo. Al parecer la rebelión de los obreros llegó a ser determinante. El número de muertos en las minas crecía de forma exponencial, las muertes superaban el número de accidentes laborales. Además nunca se conseguían encontrar los cuerpos; los encargados alegaban que era por derrumbamientos y era demasiado peligroso intentar recuperarlos.  Todo comenzó cuando un día, trabajando a más de trescientos metros de profundidad, dinamitaron una zona de la que comenzó a manar un fluido verde oliva, viscoso, del que emanaban unos gases que causaron la muerte a todos lo que allí se encontraban. Ante esta situación los mineros se negaron a volver a trabajar, salvo un grupo de ellos, no más de treinta, que decidieron volver a la mina tras más de dos meses de inactividad. Estos últimos se dedicaron a realizar los trabajos necesarios para dar por concluido el cierre de la mina. Los patronos alegaron causas de pérdidas económicas y en un breve periodo de tiempo las minas se cerraron.



Pregunté entre los lugareños para ver si alguien me podía informar de primera mano de cómo sucedieron los acontecimientos. El silencio y la divagación fueron su primera y última respuesta. Sin embargo, una tarde, aquel abuelo del perenne palillo en la boca, se acercó para hablar conmigo. En el pueblo decían que se había quedado tarado tras una explosión en la mina y que decía cosas muy raras. Él formó parte de los últimos hombres que trabajaron en la mina. Al principio sólo me contaba locuras de abuelo senil, pero cuando empecé a hablarle de lo que había leído en los manuscritos que encontré  su rostro empalideció rápidamente.

-Entonces tú también lo sabes, ¿has visto a los gusanos? – me preguntó- ¿También sueñas que eres ese maldito Bohan? Eugenio Pardo y Andán descubrió en los archivos de la catedral los manuscritos de Bohan, así supo que esos hombres gusano cavaron una caverna de plata donde albergar a su dios. Allí lo encerraron y nosotros destapamos su sepultura. ¡Aléjate pronto de aquí si no quieres que esos gusanos acaben dentro de tu cabeza como lo están dentro de la mía! Mi cabeza está llena de galerías cavadas a mordiscos y muy pronto también lo estará la tuya. Si quieres acabar con tu vida solo tienes que entrar en la mina por la chimenea de ladrillo que se ve cerca de la carretera. Esa es la entrada de su morada.

 
Sin tan siquiera despedirme de él corrí a casa a preparar las maletas para marcharme. Una vez lo tuve todo preparado un dolor agudo se encendió dentro de mi cabeza. Era como el ruido de la carcoma. Mis pupilas empezaron a dilatarse y la voz de Bohan, gritaba dentro de mí y me pedía que entrase en la mina por la chimenea.

Como poseído monté en mi furgoneta y según me acercaba al lugar indicado el dolor mitigaba hasta desaparecer por completo cuando me encontré frente a la boca de la chimenea. Cargado de mi mochila, linterna frontal, arnés, cuerda y mosquetones me dispuse a bajar. A pocos metros encontré un pasadizo que llevaba directamente al cuarto nivel de la mina. Avanzaba impulsado por una fuerza esclavizadora y empecé a notar cómo me costaba andar, la superficie se tornaba cada vez más pegajosa. Un susurro se dejó oír no lejos de allí. Tenía que agarrarme a las piedras de las paredes para continuar avanzando; de esta manera pude notar el cambio de textura de las mismas. Aquello ya no era pizarra. Deslumbrado por la luz que emitían tardé en darme cuenta de las inscripciones que llenaban todo el túnel que desembocaba en una gran sala plateada. Narraban la historia de unos seres nacidos de la tierra, una especie de hombres que andaban arrastrándose y que adoraban a un dios gusano, gigante, al que agasajaban con ofrendas que no eran otras que sus propios congéneres. La voz de Bohan irrumpió súbitamente dentro de mí. 

-No te resistas, nada puedes hacer, deja que guíe tus pasos hacia la morada de Boor-Nhogbalchsh, tú eres la carne que le dará vida-. En ese momento perdí totalmente el conocimiento.
Desde entonces no sé cuánto tiempo ha transcurrido. Desperté con mi ropa rasgada en medio de la oscuridad. Mi mochila no seguía conmigo.

 No hay heridas en mi cuerpo salvo un leve orificio a la altura del hipotálamo. He deambulado durante días por los túneles hasta que he encontrado una luz que da al exterior, esto por lo menos me ha permitido controlar los días que pasan.  No he conseguido dormir ni un momento, cuando me quedo recostado a descansar mi mente se somete a la voz de Bohar y a las imágenes de un altar donde soy entregado al dios-gusano. Siento cómo crece el ruido de los gusanos que se alimentan dentro de mi cabeza. El mero hecho de volver a enfrentarme a la oscuridad me aterroriza.

Creo que estas son mis últimas palabras, cada vez se acerca más un aullido terregoso  y el ruido de piedras arrastradas. Pronto conoceré mi fin.


                                                                           (Relato para el "Reto Fanzine 2012" - Albacete. 
                                                                                   Publicado en el fanzine "La Gallina" )